

In the Studio
Santiago Yahuarcani pinta en familia y con elementos de la Amazonía




Rosa Chávez Yacila–Cuando usted era joven, pintaba pequeños cuadros de animales. A partir de los 2000 comienza a pintar sobre las costumbres, las fiestas, las comidas uitoto y, años después, sobre su cosmovisión. ¿Cómo ocurrió ese camino de cambios?
Santiago Yahuarcani–Yo tenía una invitación en 2003 para ir a un evento en Lima, a una exposición de pinturas. Rember [su hijo, también pintor] era mi compañero y viajó para allá.
En esa época, nosotros conversábamos sobre temas de la cultura, pintábamos juntos los dos. Hasta ese momento, nosotros pintábamos cosas simples como animales o paisajes de la Amazonía. Cuando Rember fue a esta exposición, el público le decía que estaban cansados de las cosas de la Amazonía, que de repente sería bueno pintar las fiestas, las costumbres de sus pueblos.
En aquellas épocas mi mamá estaba muy pegada a nosotros y muy atenta a los viajes de Rember. Entonces al escuchar lo que yo conversaba con Rember ella le había dicho: “Bueno, hijo, ese va a ser tu trabajo. Yo acá voy a hacer los relatos, ustedes van a ir plasmando. Pero todas las cosas que yo te voy contando, no vayas a esconderlas, ni tampoco vas a quedarte callado, sino que tienes que ir contando al público donde tú vayas, pues la gente va a ir conociendo nuestras costumbres, nuestros relatos, de dónde venimos”. Y yo creo que todo eso ha funcionado mucho porque eso es lo que hoy en día se está trabajando.
RCY–En un cuadro del año pasado, “Malestar de los abuelos por la fibra óptica en la Amazonía”, u otro del 2019, “La selva está moribunda”, usted pinta la devastación actual de los bosques amazónicos, ¿Por qué ha decidido representar estos temas a través de su arte?
SY–Nuestros abuelos siempre nos relataban que en el principio de la creación del mundo el Dios todopoderoso, al que nosotros llamamos Buinaima, ha enseñado al hombre uitoto a cuidar la naturaleza. La casa de nosotros es la selva. Aquí están los frutos, la medicina, la comida y hay peces, aves, animales. No debemos destruir ni maltratar la naturaleza de los animales. Si nosotros queremos pescado, podemos pescar lo que vamos a consumir, no podemos maltratar para que se termine. Para qué vas a depredar, terminar o maltratar todo esto.
Yo creo que eso es lo que hoy en día hay que enseñar mejor a nuestros hijos, a las personas porque hay muchos que están viendo a la naturaleza o a la Amazonía como un lugar donde se va a conseguir el dinero. Quieren destruir los bosques, los árboles, y quieren vender.
Esos son los motivos que a veces yo me pongo a plasmar, para que vean el público cómo estamos tratando de conservar acá nuestras plantas. O sea, cómo nos han enseñado nuestros ancestros desde el principio. Nuestros ancestros sabían cómo debían conservar la naturaleza.
RCY–Usted mismo utiliza elementos de la naturaleza para elaborar sus obras. ¿Podría explicarnos qué es la llanchama y el piri piri? ¿Por qué son tan importantes para su obra?
SY–Los uitotos son una cultura que no hacen el hilo, no usan el algodón. Ellos han sido errantes en la selva y andaban buscando algo con qué cubrirse. De acuerdo a los ancestros, ellos han podido conseguir un árbol que llamamos ojé. Tú cortas el árbol, y le sacas la corteza verdecita porque abajo hay otra corteza medio blanco. Entonces, con el lomo del machete vas haciendo los golpes en equis y esta cosa medio blanca va moliéndose y se va convirtiendo como una tela, un tejido que se llama llanchama. Este proceso demora dos, tres días donde puedes sacar un metro de tela para poder confeccionar. Es muy importante porque es una tela, pero sacada de un árbol mediante los golpes —hay un proceso ahí.
Nuestros abuelos en el principio usaban la llanchama para vestidos, sábanas, hamacas, y para envolver a los niños. Yo veía que esta tela era tan hermosa, a veces mi abuelo la sacaba tan blanquita, y era muy bonita como para plasmar un dibujo. Y es así como nosotros hemos llegado a pintar en la llanchama.
Como yo soy autodidacta, en el tiempo cuando era niño no había pinceles, no había tiendas. No sabíamos con qué pintar. Nunca hemos llegado a conocer un pincel. Pero teníamos una pequeña hierba que llamamos piri piri y con eso cortábamos. Es algo así como un lápiz, pero más delgado. Entonces le molemos la punta, como un pincel. Con eso pintábamos. Yo hasta estos momentos sigo usando el piri piri para hacer mis líneas, para hacer otros trazos. No me acostumbro con el pincel, porque lo siento tan suavecito, no puedo trabajar con eso.
RCY–Y en cuanto a las tintas naturales, ¿cuáles emplea?
SY – Aquí en la selva siempre hay temporadas de frutas. En estos momentos, hay un color que es como un azul marino de una semilla. También estoy utilizando la semilla del achiote y uso la guisador. Ahorita hay una palmera que se llama el huasaí que tiene un color violeta. También uso el verde de las hojas. Ahorita estoy aprovechando eso y estoy haciendo mis obras con pinturas puras —voy haciendo todo totalmente natural. A veces, uso también la artificial, pero siempre voy viendo a ver cuál está más a gusto. Siempre me ha gustado la pintura natural, porque es muy rara. Los colores se distinguen mucho de la pintura artificial.
RCY–Cuando observamos sus cuadros podemos ver seres que parecen mitad humanos, mitad animales, hay delfines con patas, hay personajes que parecen monos, hay árboles, plantas… quiero decir que hay mucha imaginación, ¿cómo llega a esas imágenes?
SY–Cuando tenía 16 años, empecé a tomar ayahuasca con mi papá y mis hermanos. Todo siempre ha sido en familia. En esas tomas de ayahuasca me mareaba, alucinaba muy rápido. Y ahí es donde empecé a mirar unos seres, insectos, demonios, anacondas… increíble, que te pueden hacer gritar, pueden hacerte llorar, te pueden hacer correr. Cuando al segundo día me despertaba en mi mente estaban las cosas grabadas que yo había visto. Entonces he ido acumulando esas visiones.
Con el ampiri también —el ampiri es la esencia del tabaco, y es el otro elemento donde también he ido consiguiendo las visiones, los seres que yo estoy plasmando hoy en día. También he ido con unos hongos que alucinaban.
Hay algunas enfermedades que tú tienes que curar a los nietos, a los hijos, tienes que curar con plantas, con hojas, hacerles un ritual, unas oraciones. Todo eso en la noche te hace soñar. Es una acumulación de varios factores de donde se me vienen esas ocurrencias que hoy en día plasmó en los lienzos.
RCY–Cuando usted era pequeño, trabajaba con su padre, con sus hermanos. Ahora trabaja con su esposa, su hijo Rember, pero además de ellos, ¿qué otros miembros de su familia participan en la elaboración de sus obras?
SY–Nosotros nos hemos acostumbrado a trabajar en familia. Por decir, hay días que nosotros tenemos que sacar la llanchama. Entonces, nos vamos a la chacra, nos vamos a la selva y ahí procesamos la llanchama: mis hijas, mis nietos, todos. ¿Para qué? Para que todos los pequeños vayan aprendiendo cómo es el proceso.
Una vez que tenemos 20, 30 metros de llanchama, nos dedicamos a pintar. Cuando pintamos, mi otra hija va a buscar el fruto, y mi otra hija busca otra fruta. Otra hija tiene que piezar la llanchama, la otra tiene que ir cociéndole, parchando algunas ramitas que dejan un pequeño orificio.
Después, al momento de la pintura, también todos estamos pintando. Mi esposa, Nereyda López, quien también es artista, está preparando los colores o estamos opinando qué obra vamos a hacer, cómo vamos a pintar. Discutimos algún tema entre nosotros y después de eso plasmamos una obra. Toda la familia está involucrada en el proceso de la obra.
Por ejemplo, hay momentos donde yo necesito hacer pequeños puntos donde no requiere tanta delicadeza. Ahí es el momento donde yo a mis nietos —tengo dos nietos que son pequeños, uno tiene siete años, la otra tiene cuatro— los utilizo para hacer los puntos. En cada obra ellos están queriendo meter la mano, pero yo les digo “no, va a llegar un momento donde ustedes van a meter la mano”. Entonces, para no dejarlos afuera porque están ansiosos de pintar, siempre dejo algo para que ellos también puedan involucrarse en la pintura.
Y cuando se termina la obra, llamó a todos para que den el visto bueno: qué les parece, si les gusta o no les gusta. Cuando sale aprobación de toda la familia esa obra tenemos que mandar de viaje porque ya ha sido aprobada. Según nuestra visión esa es una obra que al público le va a encantar.
RCY–He tenido la oportunidad de hablar con algunos líderes de la Amazonía en los últimos años y varios de ellos temen que la cultura de los pueblos Indígenas se vaya perdiendo. Inclusive algunos mencionan que no encuentran en las nuevas generaciones interés por preservar el conocimiento de los pueblos Indígenas. ¿Cómo ve usted esa situación?
SY–Es cierto que hoy en día se está perdiendo mucho estos valores. Los jóvenes mayormente se están yendo a las ciudades en busca de estudio, de trabajo, de nuevas oportunidades. Eso hace que pierdan el interés sobre estos temas. Y va a ser imposible detener todo eso.
Es muy penoso, es muy delicado pensar en ese tema. También en la lengua, la comida, nuestros relatos, de nuestras artesanías. Con mis hijos siempre estamos tratando de trabajar en esos temas, pero de todas maneras va a ser imposible dar a conocer todo. Hay muchas cosas que mi mamá, mi abuela ya no me han comentado. Son cosas que ya se perdieron. Pero en lo que nosotros tenemos al alcance, seguimos trabajando como familia.
RCY–Usted tiene su nombre en español, pero su nombre en uitoto es Komu-illa Jitó, que significa “hijo del crecimiento”. ¿Cómo le dan ese nombre y cómo lo representa?
SY–Nuestros abuelos nos comentaban que nosotros teníamos un nombre, pero no teníamos apellidos. Cuando tú nacías te ponían un nombre, pero cuando ya han llegado a la época del caucho, ahí ya le ponían el apellido del patrón. Por eso mayormente los grupos Indígenas tienen sus apellidos de patrones.
Entonces, yo conversando con mi mamá, con mi sobrino, me habían dicho que yo me llamaba Komu-illa Jitó que quiere decir el hijo del crecimiento. Cuando tú tienes una semilla, por decir de aguaje, pones en la tierra, empieza a germinar. Pasan los días, viene la lluvia, la humedad, el sol, empieza a reventar, germina.
Mi mamá me decía que ese es el nombre “para que tú crezcas en tu vida, para que seas una persona útil a tu comunidad”, cómo estás creciendo, te vas dispersando por otras partes.
RCY–En verdad usted está cumpliendo con el significado de su nombre. ¿Cómo se siente de llegar a tantos sitios con su obra, de estar en estas galerías, en museos tan importantes?
SY–Pensar llegar hasta estos lugares yo le siento increíble, no lo puedo creer. Incluso he ido a Europa y cuando he visto las exposiciones ahí no podía creerlo. No puedo creerlo de verdad, no puedo creerlo.
No tengo esa idea de que pudiera haber llegado hasta esos lugares. Pero cuando a veces pienso en esos temas, en los lugares donde está, siempre me acuerdo de mis abuelos, de mi mamá, de mi papá. Pienso en ellos y digo, si ellos no me hubieran hecho conocer todos los conocimientos que ellos tenían, si no me hubieran transmitido, no hubiera sido posible llegar a estos lugares de tanta importancia.
Algún día me gustaría poner una escuela de pintura para poder enseñar a los jóvenes todo lo que he aprendido en este camino. Me gustaría pintar hasta donde pueda, de una forma mucho más despacio y calmado. Hay muchos temas que no he tocado, y me gustaría plasmarlo sin mucha prisa. Según mi idea, yo pienso solo hacer más, hasta el último día, pintar hasta morir, y morir con el pincel en mi mano.
El apoyo para READ de Art21 proviene de la Fleischner Family Charitable Foundation.
Entrevista realizada para Art21 en marzo de 2026 por Rosa Chávez Yacila, editada por Camila Palomino y traducida por Bernardo Izaza Capdevielle. Todas las fotografías son cortesía del artista y de Crisis Gallery.
Rosa Chávez Yacila es una reportera y escritora. Cubre historias sobre género, desigualdad y derechos humanos. Sus artículos han sido publicados en medios de comunicación y revistas de América y Europa, como Ojo Público, El País, VICE, The New York Times y Granta. Trabaja como profesora de Periodismo Literario en la Universidad de Ciencias Aplicadas. Es autora de “Las nerviosas” (2026).

